Cómo hacer listas de pendientes más efectivas. Curso para manejar el tiempo. App para el celular que repica cuando es hora de cambiar de tarea para mantener la atención. Aceleradores de ideas. Libros sobre productividad: este coctel puede volar la tapa del cerebro a cualquiera que se lo tome muy en serio.
Mientras “Administrar el tiempo” siga siendo equivalente a “Cómo-hago-para-embutir-más-actividades-en-la-misma-cantidad-de-horas”, vamos a seguir sintiendo que la vida se nos va como agua entre los dedos. No, no y no: usted no tiene que ser tan hiperproductivo como las noticias de sus amigos, a quienes según Facebook les va cada vez mejor en la vida, le hacen creer que necesita ser. Resulta que para tener mucho dinero; ser muy reconocido en su trabajo; tener un buen cuerpo; estar a la moda (en ropa, música y películas) y vivir enterado de las noticias del mundo (políticas, económicas y de farándula, aparte de los marcadores de los partidos de fútbol), para hacer todo eso a la vez, se necesita mucho tiempo y mucha energía. Y tiempo y energía son los recursos más escasos en la vida de los adultos de hoy. Por eso nos sentimos agotados y de ahí que la pregunta importante no sea “Cómo lograr hacer más cosas en un día” sino “Frente a qué hay que empezar a pensar distinto”. En la vida.
Si lo que menos tenemos es tiempo, ya no es tan cierto que “El tiempo es oro”: a juzgar por su escasez, las horas del adulto se cotizan por lo menos al precio del platino (o hasta del plutonio). La mayoría de nosotros se siente viviendo contra el reloj porque por lo general se pasa su vida trabajando. En ese estado actual de cosas el silogismo que rige la cotidianidad del humano en edad productiva hoy es simple: el 75% del tiempo que estamos despiertos lo invertimos en trabajar y las cosas que pasan en la oficina no se quedan allá sino que nos acompañan, como la sombra, hasta la casa (¡hasta la cama!); por lo tanto, vivir un infierno en el trabajo es prácticamente una garantía de vivir un infiernito personal.
Cuando se reúna la junta directiva de su cerebro, no lo dude: vote por usted. Para presidente; para secretario; para decidir sobre el presupuesto; elíjase para todo. Contratar a otro para que haga de usted, por buen actor que sea, es malgastar su talento: El Elegido; el que lo va a llevar adonde sea que quede su Tierra Prometida sólo puede ser usted. Bueno, usted, acompañado de su fe (en Dios; en la Evolución; en sí mismo; en el horóscopo chino; en lo que desde su experiencia íntima se le figure más serio creer).
La espiritualidad nos conecta con la esencia interior y está en la base de nuestra felicidad.
Imagen de Henrik Moses Si cada uno de nosotros es muy “especial” y la autenticidad es la regla general, tenemos que admitir –aunque nos desinfle un poco- que, en consecuencia, todos terminamos siendo normales; digamos que somos “especialmente normales”: cada quien tiene su encanto y al tiempo es muy parecido a los demás dentro del abanico de las posibilidades humanas.
El único escenario donde tiene sentido apagar todos los filtros, entregarse al encanto de las apariencias y no tratar de entender el truco, es el espectáculo de un mago. Para el resto de los episodios de su vida le irá mejor si se mantiene dentro de lo que llamaremos aquí un “Nivel de duda razonable”. Comenzando por los generosos diálogos internos que transcurren en su propia cabeza.
Hace unas semanas oí a Diana Uribe (nuestra querida historiadora colombiana) narrando una parte de la historia de la India. Llegué al relato justo cuando decía que “Samsara” (que traduce “flujo, devenir”), era la palabra del sánscrito con el que el hinduismo explica la dinámica eterna de la vida. La vida como una rueda que gira y gira y gira.
Ayer, por otra parte, vimos en las redes sociales los videos tristes, vergonzantes y a la vez elocuentes de lo que hicieron algunos compatriotas nuestros en Rusia después del partido en el que Colombia perdió con el equipo de Japón. Y a medida que pasaban los minutos, los reproches crecían. Y después de los reproches, al tiempo con la censura, vino el odio y la sevicia y, en mi caso, la angustia.
“Vivimos en una época en la que rendimos culto a la productividad y la gente se siente orgullosa de estar dañando su salud por estar muy ocupada”: así comenzó esta conversación con la periodista Maru Lombardo, de El Tiempo, en la nota que los invito a leer en el siguiente enlace:
Hay días en los que uno tiene el ánimo tan abajo, tan en el suelo, que gustosamente se cambiaría por cualquiera.
¿Cómo regresar a la oficina sin dejar de ser feliz? Evitando que se nos fugue la energía por la misma rendija de siempre.
Un error que cometemos año tras año y que hace que la vida se sienta igual, es el de exprimir las vacaciones hasta el último minuto, llegar a la oficina afanados y ponernos de inmediato a trabajar. Trabajar es, quizás, lo único que no deberíamos hacer en los primeros días (o al menos en las primeras horas) después de las vacaciones.
Piense en su manía más vergonzante. Ubíquela. Recréela en su cabeza. Ahora piense qué le ruborizaría más: ser pillado en el clímax de la ejecución de su [deliciosa] maña o ser sorprendido con unos parlantes conectados a su cerebro que amplificaran (¡sin editar!) lo que piensa de las cosas cuando le pasan. Difícil, ¿no?