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Viernes, 09 Diciembre 2016 08:57

A caballo regalado... ¡SÍ se le mira el colmillo!

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Sylvia Ramírez, Life Coach, PNL, Personal Branding, conferencia de felicidad, conferencia de motivación, Diseño de Marca Personal, Asesoría de Imagen, Bogotá, Colombia, Felicidad, Felicidad en las Empresas, Empresas Felices, Speaker, Conferencista, Conferenciante, Endomarketing, Coach de Felicidad

Aunque tenga mucha necesidad, si no es lo que quiero, ¡no va! Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que acudir a un refrán me haya servido de algo. Casi todos traen una trampa encubierta: con la buena intención de ahorrarnos un mal terminan causando un agravio mayor. Y este no es la excepción: “A caballo regalado no se le mira el colmillo”. Por caridad, ¡míreselo siempre!, ¡siempre! Míreselo con lupa, especialmente, a la hora de establecerse con alguien. Note que no dije “A la hora de amar sino de establecerse; de comprometerse. Usted ame a quien le plazca, que justo en lo irrefrenable del sentimiento está el encanto pero, eso sí, no firme nada si no se trata de un buen caballo.

 Cuando se reúna la junta directiva de su cerebro, no lo dude: vote por usted. Para presidente; para secretario; para decidir sobre el presupuesto; elíjase para todo. Contratar a otro para que haga de usted, por buen actor que sea, es malgastar su talento: El Elegido; el que lo va a llevar adonde sea que quede su Tierra Prometida sólo puede ser usted. Bueno, usted, acompañado de su fe (en Dios; en la Evolución; en sí mismo; en el horóscopo chino; en lo que desde su experiencia íntima se le figure más serio creer).

 

El único escenario donde tiene sentido apagar todos los filtros, entregarse al encanto de las apariencias y no tratar de entender el truco, es el espectáculo de un mago. Para el resto de los episodios de su vida le irá mejor si se mantiene dentro de lo que llamaremos aquí un “Nivel de duda razonable”. Comenzando por los generosos diálogos internos que transcurren en su propia cabeza.

Imagen de Henrik Moses Si cada uno de nosotros es muy “especial” y la autenticidad es la regla general, tenemos que admitir –aunque nos desinfle un poco- que, en consecuencia, todos terminamos siendo normales; digamos que somos “especialmente normales”: cada quien tiene su encanto y al tiempo es muy parecido a los demás dentro del abanico de las posibilidades humanas.

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Si lo que menos tenemos es tiempo, ya no es tan cierto que “El tiempo es oro”: a juzgar por su escasez, las horas del adulto se cotizan por lo menos al precio del platino (o hasta del plutonio). La mayoría de nosotros se siente viviendo contra el reloj porque por lo general se pasa su vida trabajando. En ese estado actual de cosas el silogismo que rige la cotidianidad del humano en edad productiva hoy es simple: el 75% del tiempo que estamos despiertos lo invertimos en trabajar y las cosas que pasan en la oficina no se quedan allá sino que nos acompañan, como la sombra, hasta la casa (¡hasta la cama!); por lo tanto, vivir un infierno en el trabajo es prácticamente una garantía de vivir un infiernito personal.

Vivimos en una época en la que rendimos culto a la productividad y la gente se siente orgullosa de estar dañando su salud por estar muy ocupada”: así comenzó esta conversación con la periodista Maru Lombardo, de El Tiempo, en la nota que los invito a leer en el siguiente enlace:

 

De todos los formatos raros en los que se presentan las revelaciones, un caracol patas arriba (o “de cabeza” porque los caracoles no tienen patas) en el jardín de mi casa fue el top del mes. Agotada, venía de unas minivacaciones de esas de oficinista herniado en fin de semana. Como era de esperarse, la iluminación que buscaba no llegó durante el paseo sino cuando vi al caracol porque ni el descanso ni el amor ni la caridad son de provecho cuando son a la fuerza.

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